Los sistemas públicos de salud son, por lo general e incluso en los países que más la han cuidado y financiado (Canadá, Suecia), bastante deficientes, pero deben su aceptación, como otros servicios públicos socializados, a dos ficciones profundamente arraigadas en muchos ciudadanos: la gratuidad y el igualitarismo.

La primera de estas ficciones casi no merece la pena comentarla: es evidente que la sanidad es carísima y en cualquier caso la pagamos los ciudadanos de nuetro bolsillo, sea directamente, a través de compañías de seguros o a través de los impuestos, La diferencia es que cuando nuestro dinero es gestionado por empresas privadas, se establece una competencia que nos permite una mayor libertad de elección.

La segunda cuestión es más compleja, porque para muchos el igualitarismo (al menos en lo que a la atención sanitaria se refiere) es algo posible y deseable. Muchos creen que por que exista un sistema público de salud, todos los ciudadanos van a recibir más o menos la misma calidad de atención médica. Sin embargo, ésto es imposible: la formación y experiencia de los profesionales es necesariamente dispar, y, por muy públicos que sean, no todos los horpitales y centros de salud poseen los mismos medios. Lo que se consigue socializando es que no exista ningún centro de excelencia. Y que el tráfico de influencias sea el método habitual para conseguir ser atendido en un plazo razonable.

Una cosa es conseguir que todo el mundo pueda tener atención médica, algo que sucede también en aquellos países desarrollados donde predomina la práctica privada de la medicina, y otra que todo el mundo pueda acceder a la misma calidad de atención médica. algo que no sucede en ninguna parte, porque es imposible.

El sistema público de salud canadiense es considerado por muchos como el mejor del mundo. Tanto es así que Quebec no permitía hasta hace poco a sus ciudadanos establecer seguros sanitarios privados para los servicios incluídos en la seguridad social (aunque muchos optaban por hacerse un seguro en los EEUU). Hace un par de años, un ciudadano indignado por la lista de espera de un servicio médico recurrió al Tribunal Supremo reclamando su derecho a un seguro privado. El Alto Tribunal canadiense, en una sentencia ejemplar, declaró anticonstitucional la ley que impedía los seguros privados. Destaco una frase: “La inclusión de un paciente en una lista de espera no es atención médica”.

Por cierto, en los EEUU existe una sanidad pública, aunque también un debate constante sobre si expandirla o hacerla desaparecer. Donde no existe es, curiosamente, en China.

Un saludo a todosaristipo

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