Sergio Vigil es, para el mundo deportivo, Cachito. Pero a cuatro años de haber dejado a Las Leonas, a uno y medio de haber abandonado su cargo como DT de la selección de hockey masculino, el diminutivo le queda corto. Porque ha crecido al punto de hacer una autocrítica feroz y profunda como pocos DT sobre su responsabilidad en el sueño trunco de un equipo. Y quizá por eso, hoy que acaba de ascender con las chicas de River, se lo ve liberado y feliz.

“Yo la vida la mido por la sensación de plenitud y hoy, con mi familia, amigos y trabajo, estoy pleno. Porque en esta vida en que todo se guía por los mandatos sociales, yo pude liberarme de eso y elegir mi propio partido”.

-Un mandato es que un DT de Selección no dirige en el Ascenso.

-Nunca les di importancia a las letras. La sociedad cree que ir por más es ganar títulos, dinero, y eso es cáscara. Yo aprendí que lo profundo está en el ser y que el fracaso es una cara de la vida. Que se puede ganar y perder. Porque cuando se suceden los triunfos numéricos, te podés confundir sobre la verdadera dimensión de las cosas.

-¿Te confundiste?

-Me hice un montón de preguntas… después de Las Leonas, yo no tendría que haber tomado tan rápido a los chicos. No había decantado un montón de cosas y siempre estaba presente el logro con ellas. Además yo siempre tuve como escala de valores primero el ser, después el hacer y por último el tener. Y con los varones, lo trastoqué. Centré todo en el objetivo de ser potencia mundial y descuidé el camino. Pasé de la pasión, que produce un estado emocional de fuerza y apertura, a la obsesión, que te pone una anteojera donde no ves nada de lo que sucede alrededor. Mi esencia siempre estuvo en mirar a los ojos y conectarse. Con los varones, me conecté con el objetivo, no con los seres humanos. Cuando pasa eso, lo más probable es que te vaya mal. Y así fue, porque les generé vértigo, inseguridad e insatisfacción.

-¿Qué te confundió? ¿La idea de que los hombres, como venía Cachito, el gran campeón, por fin iban a lograr todo?

-Sí. El error más grande que cometí fue comprar ese discurso. Eso me generó suciedad. Lo entendí dos años después. Por eso me fui, porque la Selección era merecedora de algo mejor que lo que ese Sergio Vigil podía darle. De ese proceso, lo único que cambiaría es que los chicos hubieran entrado a los Juegos Olímpicos. Pero en lo que respecta a mí, me encantó ese fracaso porque me centró como persona. Tenemos tanto miedo a caer en el fango y para mí fue tan constructivo…, ahí entendí el juego de la vida.

-Debiste tomar un equipo casi descendido para volver a las raíces.

-En aquel momento fue sorpresivo, pero hoy sé que lo necesitaba. Después de la Selección estaba en shock, desilusionado conmigo mismo. Me vino a ver la gente de River, fui a mirar un partido y una práctica de incógnito y me pasaron cosas. Descendimos, pero en ese momento, con todo el dolor del mundo, miré para arriba y le agradecí a Dios por haberme hecho entender todo. En ese momento estaba liberado del mandato externo, había recuperado al Cachito que durante dos años había perseguido una zanahoria. Y la vida es otra cosa. Un equipo ganador no es el que más gana, sino el que tiene más ganas. Volví a tener el orden de prioridades que había perdido: primero el ser, después el hacer, y por último el tener. Y eso se reflejó en lo que vino después, en un equipo no invencible pero sí indestructible, que es muy distinto. Y eso terminó con el ascenso.

-¿Te ves volviendo a dirigir a Las Leonas?

-Hoy no. Extraño la alta competencia internacional, pero hay ciclos y yo ya tuve el mío. River es actualmente mi Selección.

-¿Pero qué te pasa cuando ves los partidos de las chicas?

-Primero los veo como hincha, después como entrenador desde el lugar de aprendizaje y por sobre todas las cosas las veo con el deseo de que pueda conservarse lo más genuino y valioso que tuvo ese equipo, que era su actitud y los valores. Eso sí me quita el sueño.

-¿Estás durmiendo bien?

-Esa me la reservo.

-¿Con los varones, pensás en tener revancha?

-No creo en las revanchas, sino en nuevos desafíos. Y hoy, desde otro lugar, pienso que juego los partidos a la par de ellos. Porque me quedó una linda sensación y Pablo Lombi (su reemplazante) tuvo una deferencia muy grande hacia mi persona que prefiero guardar en secreto.

-Y eso que retiraste al hermano.

-Y erré. Porque había chicos de mucha experiencia que estaban en su lógica curva descendente pero a los que podría haber aprovechado más. Uno de los pilares de mi conducción es sacarles a las personas el máximo potencial posible. Y acá me fijaba más en lo que les faltaba que en lo que tenían. Y a todos se los construye desde sus virtudes, no desde sus carencias. Pero estoy feliz de ver cómo se están desarrollando ahora: cuando se permitan sacar todo el poder que tienen adentro, serán indestructibles.

-A partir de lo que ocurría numéricamente, se decía que servías para las chicas pero no para los hombres. ¿Llegaste a pensar lo mismo?

-Nunca, pero eso me jorobó y quise luchar contra ese mandato. Y fue una estupidez. Si yo dirijo varones y mujeres desde los 15 años. Pero cuando pensás en lo que dicen afuera, te contaminás adentro. Pero ya me liberé de eso. Por eso estoy pleno: volví a ser el Cachito de siempre.

Anuncios